¡Qué se muestre!

Lis es una madre de familia, su hija está con las mías en la escuela. Anoche, después de contestar sus preguntas sobre la simbología catedralicia (habíamos ido juntos con nuestras hijas a la Cantata de Navidad), me preguntó sobre el confesionario.
“¿La gente aún se confiesa?”-preguntó. “Por supuesto, pero aquí no se usa el confesionario, se hace cara a cara con el Sacerdote –contesté-. El consejo sabio, la palabra cercana, y la mano en la cabeza al recibir el perdón, son demasiado valiosos como para buscar anonimato. En el mundo se usa e incluso en algunos lugares de Cuba, pero la confesión es cosa de amigos, de contacto humano, como lo hacía Jesucristo…”
“¡Qué suerte vivir con esa seguridad en la vida!. ¡Porque lo más difícil es lo malo que uno hace…!… Para quien puede vivir estas cosas en su vida es una suerte.”
“Tú también puedes vivirlas”-interrumpí. “Pero yo no creo, no sé de Dios, no sé si existe”-replicó.
“El día que te decidas, simplemente dile: ¡Dios mío…, muéstrate! ¡Él te está esperando…!”-Contesté.
No hablamos más del asunto, ahora sólo queda que Lis se atreva, y que tú y yo recemos por ello.

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