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Por un verdadero cambio de mentalidad

Acabar con el secretismo, buscar la transparencia en la información sobre el trabajo del gobierno, construir un consenso con la población para los cambios necesarios y reconocer que el Estado no debe tratar de controlarlo todo constituyen, entre otros, aspectos esenciales planteados hace algunos días por el Presidente cubano Raúl Castro dentro de lo que podría considerarse la agenda de un gran diálogo nacional, que muchos hemos estado planteando como una necesidad imprescindible del encuentro y del intercambio de ideas y de criterios de todos con todos. Proponerse oficialmente esos conceptos, en un discurso ante el Parlamento Cubano, constituye una iniciativa de propósitos esenciales que es honrado y justo reconocer. En mi caso lo hago muy en especial también, porque sobre esos temas he escrito reiteradamente con un sentido muy crítico en mis crónicas semanales. No obstante, debo decir que subsiste un problema de credibilidad y participación ciudadana al respecto, que sólo se podría solventar con hechos concretos urgentes y ampliamente implementados para todos los estamentos de la sociedad cubana contemporánea sin excepciones, con pleno respeto a la libertad de conciencia y de expresión del pensamiento de las personas.
Habría que proponerse, en una primera instancia, la rectificación y el cambio de una política vigente de paternalismo triunfalista que ha pretendido controlarlo todo, la que tendría que desterrarse para siempre, la que ha significado, además, que nada se controle verdaderamente en la realidad cotidiana. Como consecuencia de esa política en los medios masivos locales de información, existe una práctica de exclusión sistemática de los que incluso, desde dentro del proceso socio político cubano, hemos mantenido opiniones y puntos de vista diferentes y/o críticos hacia el pensamiento oficial establecido. En este orden de cosas, se ha potenciado con fuerza principalmente a quienes se ejercen al decir del Che, como alabarderos del pensamiento oficial, así como a los que se dedican sistemáticamente sólo al análisis de lo que sucede fuera de nuestras fronteras o a la exaltación exclusiva con carácter de muy positivo de lo que se hace en Cuba, presentándolo como lo que los otros países del mundo deberían imitar. Ellos escriben sin tan siquiera enfocar de manera objetiva las insuficiencias de calidad o cantidad, así como algunos de los muchos aspectos internos que han dañado durante años el día a día de la sociedad cubana contemporánea. Con estas prácticas en mi criterio no se defiende verdaderamente al socialismo, ni se enfrenta en realidad a la política de Bloqueo contra Cuba que, además, ha devenido la excusa por excelencia para no cambiar nada: pienso, en cambio, que se desprestigian las ideas socialistas, e incluso se afectan la necesaria credibilidad y gobernabilidad del sistema socio político cubano contemporáneo.
Mientras se mantengan vigentes esas exclusiones, descalificaciones y criterios, así como hacia la crítica de lo que sucede y se realiza, será muy difícil lograr el consenso necesario y se mantendrán latentes las posibilidades de nuevos errores sostenidos como práctica habitual irrebatible y lo que se construya o resuelva podría volverse a derrumbar y/o descomponer.
Por otra parte, se han creado y persisten en el tiempo mecanismos políticos encargados del control del pensamiento, de la conciencia e incluso de las creencias religiosas que tendrían que ser radicalmente transformados, sustituidos por otras instancias capaces de garantizar el ejercicio de la más amplia democracia popular e incluso dejarlos totalmente sin efectos. Dentro de estos mecanismos, subsisten funcionarios que con el tiempo prolongado del desempeño de su actividad han desarrollado una mentalidad y una práctica de métodos que ya no son o nunca fueron adecuados y que resulta muy difícil que puedan cambiarlos. Estos funcionarios causan más daños que beneficios y requieren de un refrescamiento hacia otras tareas o del retiro que con los años les correspondería disfrutar, con vista a abrirle paso a las nuevas generaciones portadoras de nuevas ideas, nuevas energías y nuevas mentalidades. Todo esto es esencial ponerlo en práctica porque la más efectiva forma de cambiar las mentalidades inadecuadas que se han asentado en el tiempo, es el movimiento de cuadros de manera sistemática y ordenada; así como la permanente crítica, renovación e incluso eliminación de las funciones y responsabilidades que se van quedando obsoletas y/o desfasadas, o que nunca debieron existir.
Comprendo que planteo asuntos y problemas muy sensibles y delicados, pero en concordancia con lo que planteó el Presidente cubano Raúl Castro ante la Asamblea Nacional el pasado 18 de diciembre del 2010, en el sentido de que según dijo textualmente: “O rectificamos o ya se acabó el tiempo de seguir bordeando el precipicio, porque nos hundimos” , considero imprescindible que se agarre al toro por los cuernos y se comience a avanzar con pasos concretos entre otras más en estas direcciones a que me refiero, porque se ha perdido o desperdiciado mucho tiempo que no será fácil recuperar con vistas a fomentar la necesaria credibilidad, crear consensos, rectificar errores y facilitar la más amplia y verdadera participación popular, más allá de todo formalismo externo y dogmático que se ha repetido hasta el cansancio.
Durante mucho tiempo, artículos y criterios de índole socialista, incluso de otros compañeros y míos, han sido descalificados y son excluidos de la prensa y los medios de comunicación social locales, y sólo los hemos podido publicar en los medios externos a nuestro alcance. Es, para la prensa nacional, como si no existieran ni los artículos ni los autores. En lo particular, he sido prácticamente borrado de la historia y excluido de órganos nacionales de prensa que he dirigido en los años 60, como Juventud Rebelde y El Caimán Barbudo; incluyendo en los 70 y 80 a la Editorial José Martí, así como algunas instituciones culturales. Todo ello, sin tener en cuenta otros lugares de los que hemos sido excluidos los que opinamos distinto, como si fuéramos unos apestados e incluso se nos ha tratado con las prevenciones que se plantea a los enemigos en una guerra. Por tanto, puedo decir que esto que escribo lo hago con toda propiedad y no porque me lo haya contado alguien. Así lo pienso y así lo expreso públicamente, en aras del debate y de la búsqueda del consenso que también considero necesario.

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