Sergio Lazaro

Un signo habanero de renacimiento espiritual

Crónicas cubanas
Hay espacios que nos impresionan y nos marcan sensiblemente para toda la vida. Aunque transcurran los años, a veces cuando más tiempo pasa, nos provocan intensos sentimientos de alegría o incluso de tristeza y en muchas ocasiones alegrías y tristezas entremezcladas. En definitiva son sentimientos y misterios propios de la espiritualidad que nos es inherente.
Me pregunto si existe alguien que no haya experimentado estas sensaciones a que me refiero, en especial cuando ha vuelto a estar presente en uno de los lugares que en el transcurso de su vida lo marcaron para siempre. A mí me sucede con frecuencia, porque he vivido con intensidad en múltiples localizaciones físicas y espirituales en donde se han producido acontecimientos que nunca he podido olvidar. Quiero en consecuencia dejar constancia de lo que experimenté hace algunos días, en el convento San Juan de Letrán en el Vedado habanero durante la ceremonia y misa con motivo de la reinauguración de su hermoso templo después de varios años de intensa reconstrucción y restauración que le restablecieron y profundizaron el esplendor con que lo conocí cuando era muy joven en La Habana de finales de los años 40 y principios de los 50 , así como durante casi toda esa década de mitad del siglo XX en que La Habana se caracterizaba por sus colores vivos, sus luces y su pujanza ambiental en medio de los dolores y luchas contra la dictadura batistiana en las que buscábamos, añorábamos y trabajábamos para alcanzar una mejor vida valiéndonos de las más diversas formas imbuidos de esperanzas de que sí podíamos lograrlo.
San Juan de Letrán era en aquella época un templo insignia de espiritualidad fecunda para mis compañeros de generación, que desde las juventudes estudiantiles de Acción Católica soñábamos con el futuro. Después de las luchas de los años 50, vino el triunfo revolucionario de 1959 y las grandes epopeyas que hemos vivido todos estos tiempos con logros, desencuentros, errores, aciertos y múltiples problemas que han cambiado la faz habanera. Poco a poco los edificios se han descolorido, sus paredes sufrieron el efecto del tiempo sin mantenimientos, algunos se han derrumbado, muchas luces se han apagado creando las semipenumbras y oscuridades por las que hoy caminamos en nuestras tardes, noches y madrugadas habaneras.
En todo este tiempo en el templo de San Juan de Letrán también aparecieron las consecuencias materiales, aunque puedo decir que siempre mantuvo viva una luz muy especial, que proviene del fuego del espíritu y del bautizo en fuego que nos prometió Jesús con la promesa de que regresaría por todos nosotros al final de los tiempos. Debo confesar que en los momentos de mis mayores lejanías y angustias, cuando más intensamente prohibida estaba mi espiritualidad, cada vez que pasaba frente a San Juan de Letrán en la calle 19 del Vedado, o incluso a su altura por la calles L, 23 o Línea, pude percibir que se estremecía en mi interior sentimientos de mi juventud que en ocasiones no podía identificar. Ahora ya de viejo, cuando vengo de regreso por todos los caminos recorridos y me hago más místico, comprendo que eso tenía que ver con la espiritualidad consustancial con que todos venimos al mundo y que se forja en nosotros de acuerdo con la cultura, las tradiciones, así como los ancestros con los cuales nos educamos, nos formamos y nos desarrollamos cada uno en específico, ya sea en los ámbitos del cristianismo o de la religiosidad ancestral correspondiente a nuestros orígenes y nuestras familias, lo que no debería olvidarse por lo diverso, sincrético y mestizo en general de lo cubano.
Todo esto lo sentí intensamente de nuevo hace algunos días, cuando pude asistir a la reinauguración del templo habanero de San Juan de Letrán, que es un icono del Vedado y de mí Habana natal. Ahora restaurado completamente con la ayuda generosa del Principado de Asturias en España, así como la gestión constructiva y de conservación de nuestro patrimonio monumental que realiza la Oficina del Historiador de la Ciudad junto con el trabajo anónimo y eficiente de un conjunto de técnicos y obreros cubanos que contó además con la participación de un arquitecto focolarino que desde otras tierras vino como misionero a compartir con nosotros nuestras vicisitudes, alegrías y tristezas; y muy en especial, por la entrega y la pasión que puso en ello Fray Manuel Uña OP con su capacidad aglutinadora y su nobleza características. Todo lo cual es justo y honrado que se reconozca sin prejuicios de ningún tipo ni origen
Fue una eucaristía presidida por el Cardenal Arzobispo de La Habana Jaime Ortega y Alamino, sus obispos auxiliares, el Nuncio Apostólico en Cuba así como múltiples sacerdotes más, rebosante de personas que se agolparon en los bancos, pasillos laterales y en todo el templo. Pude percibir entonces algo que hoy no abunda mucho entre los habaneros, pude ver optimismo, esperanza y alegría; era como si estuviéramos asistiendo al renacer de un ámbito de vida que lo sentíamos muy de nosotros, incluso de los muchos que no vivimos en el Vedado pero que amamos a San Juan de Letrán como un símbolo de luz para el espíritu.
Es muy difícil de describirlo con palabras que son insuficientes para ello, pero trato de hacerlo. Estábamos en un alto por decirlo de alguna manera, de los sufrimientos, de los sueños frustrados y de las luchas por sobrevivir que es lo más característico de nuestro presente. Vivíamos un nuevo comienzo y en un nuevo renacer del espíritu, alimentados por la fe y por labor silenciosa pero efectiva de los dominicos descendientes de Fray Antón de Montesinos y de Fray Bartolomé de las Casas, quienes en su tiempo rompieron lanzas a favor de nuestros aborígenes con la pregunta: ¿Acaso ‘aquestos’ indios no son hombres?, cuyo sentido actualizado conforme las circunstancias, nuevamente hoy podríamos preguntarnos en relación con el pueblo de a pie de toda Cuba, preterido, discriminado y no tomado en cuenta, que sufre por todas las contingencias e inflexibilidades que nos acechan tanto en la materia como en el espíritu de nuestras vidas.
Quizás algunos piensen que soy un soñador que se aparta su momento, pero yo considero lo contrario porque la esperanza de una vida mejor la vi reflejada en San Juan de Letrán como un signo del renacimiento espiritual que todos necesitamos, tengamos un credo u otro, seamos creyentes o no. Así lo pienso y así lo escribo.

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