Sergio Lazaro

¡Murió llamándome!

Un domingo fui con mis padres al cementerio a poner flores y orar por mi
abuelo, el día de su cumpleaños. En la tumba al lado, un joven lloraba
desconsolado en una tumba sin flores. Me acerqué y le pregunté, y me
contestó: «yo vivo fuera de Cuba, y no pude venir hasta ayer…, mi padre
murió llamándome, no me lo perdono.»
¿Crees en Dios?, le pregunté, «Sí» – me respondió.
Entonces le dije que le pidiera a Dios por la vida eterna de su padre, y que
fuera a la Iglesia, allí le enseñarían como pedir perdón por los pecados y
cómo obtenerlo. «Hay cosas que no te perdonas y tal vez no tienes que
recriminarte, hay otras que son graves pecados y no tienes ni idea de que lo
son. Deja de llorar y ocúpate de tu vida espiritual.» -le dije.
No sé si me hará caso, pero me escuchó. Las personas tenemos una vida
interior que debemos cultivar, ahí está Dios, para eso necesitamos la ayuda
de la comunidad cristiana y especialmente el sacerdote. Ese muchacho
necesita recibir el perdón por sus errores, eso no lo puede lograr solo, si
no lo hace, será un infeliz toda su vida.
De la misma forma en que oramos por los vivos. Los cristianos corramos por
los que han muerto. Ellos están ahora más o menos cerca de Dios, en la
medida en que en su vida fueron capaces de aprender la vida con Dios. Esa
vida se aprende en la comunidad cristiana, con la oración y los sacramentos
(si buscas la palabra en este blog, sabrás más de lo que significa, también
en www.catholic.net).
Quien muere va a la presencia de Dios: si quiere y sabe, vive con Él; si no
sabe y quiere aprender, tiene la oportunidad; si no quiere y no sabe, vive
la eternidad sin Él. A esas tres realidades, la tradición cristiana les
llama Cielo, Purgatorio e Infierno.

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