Sergio Lazaro

Bosque helado

por Susana María Moreno
No alcanzan mis ojos a descifrar si lo que brilla en un rincón abajo, a la derecha, es un farol encendido o una rama incandescente. Ni siquiera sé si eso importa, porque lo que llama la atención es un pequeño reflejo de calidez, casi imperceptible, en medio de un bosque helado.Casi una parábola para muchos que viven la vida plantados en la realidad sin esperanza. Casi un mensaje ardiente para una muchedumbre aterida en el desaliento de las carencias de amor. Casi un destello de luz en un panorama sombrío, sin matices.
Como una simple palabra de confianza en medio del silencio. Como un gesto de cariño en la soledad de un hospital. Como una mirada de ternura en medio de la guerra. Así también es el eco de nuestro testimonio cristiano, a veces tan pequeño que lo creemos intrascendente. A veces tan lejano a los medios de difusión que lo percibimos ignorado. A veces tan sencillo que no reconocemos su grandeza.
En el bosque helado de tantas vidas, Dios no se olvida de encender su llama. Siempre hará brillar su Luz aún donde creemos no es posible ni encender un fósforo. Siempre hará llegar la calidez de su presencia aún donde la indiferencia ha congelado la sensibilidad.
Creer es demostrarnos la posibilidad diferente. Es advertir el resquicio por donde llega el Espíritu a transformarlo todo. Es saber que la última palabra no está dicha con voz humana.
«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!» (Lc. 12, 49).

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